EL DAMASQUINADO

El damasquinado o ataujía labor que consiste en el embutido de metales finos sobre hierro o acero, tiene probablemente su origen en trabajos semejantes hallados en tiempos muy remotos. El arte de incrustar metales en metales, en diversos lugares y épocas, ha sido conocido con distintos nombres. En la India, en el Penyab, el trabajo de incrustar oro y plata sobre hierro era conocido como “BIDRI”; en la Antigua Grecia se le denominaba “CAELATURA”; posteriormente fue llamado “ATAUJIA” y más tarde “ATAUJIA SUPERFICIAL”, según el tipo de incrustación que ostentara; y por último, en la ciudad de Damasco, donde alcanzara un gran esplendor, se le dio el nombre de “DAMASQUINADO”. Este procedimiento de ornamentación adquirió gran desarrollo en Oriente, desde que el Imperio Romano se trasladó a Bizancio, siendo originarias de Damasco las mejores piezas que llegaban a Europa, por lo que este arte tomó el nombre de Damasquinado, aunque más propio es el de “atuajía” con el que también se le designó en un inicio. En Constantinopla, hubo afamados damasquinadores y se construyeron obras de grandes dimensiones, como las puertas de bronce, con incrustaciones de plata labrada en el año 1070 para la basílica de San Pablo extramuros de Roma.

 

No obstante, posiblemente sean los egipcios quienes nos ofrecen el antecedente más lejano de esta artesanía, cultivada también por los griegos y romanos. Pero lo indudable es la importancia que toma, posteriormente, entre los pueblos orientales. En Bizancio este arte adquiere caracteres singulares, y su aparición en España viene determinada por la invasión árabe (de ahí su nombre, derivado de Damasco). Asimismo, Toledo ha de considerarse ejemplo de la tradición artesana, reconocida y reconocible por su prestigio y calidad, y, como acogedor de las aportaciones estéticas y culturales de tantos pueblos, abierto por la condición de sus habitantes el trabajo artesano, ha hecho del damasquinado una tradición conservada hasta nuestro tiempo por la vocación de auténticos maestros.

 

El damasquino toledano, fue traído por los árabes en su invasión a nuestro suelo en el siglo VIII, siendo este arte, algo que complementaba los conocimientos de aquellos magníficos artesanos de los metales. No obstante, constan distintos hallazgos que datarían esa fecha en el siglo XV. Aunque el estilo árabe es el más característico y genuino del damasquinado toledano, siempre ha habido damasquinadores que, queriendo elevar sus obras a dimensiones más artísticas, han utilizado el estilo renacimiento como base de otras composiciones más creativas, época donde se labraron gran número de arquetas, cofrecillos, caja y joyeros primorosamente cincelados.

 

Entre dificultades, altos y bajos, el damasquinado ha llegado hasta nuestros días en una ardua lucha por la supervivencia y conservación de uno de los oficios artísticos más antiguos. Toledo es en la actualidad el mayor foco de producción de damasquinado en el mundo y donde se ejecutan la mayor diversidad de piezas. Se siguen realizando labores de estilo Mudéjar, Renacimiento y algunas nuevas como las denominadas “vistas”.

 

El damasquinado toledano auténtico, fundamenta su prestigio en una técnica artesanal muy depurada. Sin duda es la “estrella” de sector del Metal y una fuente de riqueza para la Artesanía Toledana y Castellano-Manchega.